sábado, 18 de mayo de 2013

Armamento utilizado en el territorio argentino

(Parte II)

LAS ARMAS ESPAÑOLAS

EL ARNÉS

La conquista americana, coincidía con un alto grado de excelencia en la producción europea de armaduras. Las campañas en Italia habían traído aparejada la difusión y el conocimiento entre los dos principales estilos imperantes, el alemán y el italiano. Hacia el año 1500, ambos estilos se fusionan en un nuevo tipo que se extiende a todo el continente europeo y que resulta de la simplificación de la armadura tipo Maximiliano, adornada con surcos o estrías verticales. Pese a ello, durante todo el período se emplearon tanto las armaduras lisas como las estriadas y de hecho, salvo en Alemania, la armadura lisa era el tipo más apreciado.

Las armaduras estriadas pasaron de moda en Italia aproximadamente en el 1520 y en Alemania diez años más tarde. A partir de 1510, las plazas elaboradas en Alemania, cuentan con un borde conformado por un cordón trenzado en cobre o latón, lo que pasa a ser habitual a partir de 1520. Desde entonces, se invirtió el doblez de los bordes, haciéndolo hacia adentro, detalle que es útil a la hora de fecha una pieza.

Otra moda, que surge a principios de 1510, llega a su apogeo diez años más tarde y desaparece hacia 1530, es el repujado y grabado imitando las aberturas y abombados de los trajes de aquellos tiempos.

Cuando los conquistadores arribaron por primera vez a América, llevaban armaduras del tipo empleado en Europa, solamente los capitanes y algunos de los jinetes más ricos, vestían al parecer, el llamado “arnés de tres cuartos” compuesto por yelmo, coraza, brazales, guanteletes y quijotes.

De todas formas es importante recordar el aporte de Alberto M. Salas en “Las Armas de la Conquista de América” (Editorial Plus Ultra – 1986, Buenos Aires), al señalar que era costumbre que los soldados fueran quienes hicieran el aporte de armas y solamente cuando una expedición era muy importante o muy rico su conductor este colaboraba u obtenía la colaboración de la corona. Esto así, la variedad de elementos eran muy grande: armadura más o menos completa, coselete, cuera de ante, cota de malla, celada, borgoñota, morrión o casco.

El mismo autor considera que, al ser las armaduras completas principalmente utilizadas por los jinetes y resultar escaso el número de caballos que son mencionados en las crónicas, resulta errónea la afirmación de muchos autores acerca de su uso generalizado. Señala y nos parece con justeza, que es posible que los conquistadores, capitanes y caballeros vistieran arneses “de punta en blanco” al tomar posesión simbólica de las tierras o fundar ciudades, pero que esta no era su vestimenta habitual. Debe tenerse presente que la casi totalidad de las imágenes que exponen estas situaciones, resultan obras realizadas mucho tiempo después y en muchos de los casos destinadas a conformar el ideario popular y el ego nacional.



La mayor parte de los jinetes enviados por España conformaban un nuevo tipo de caballería, más ligero, surgido de la aplicación de las tácticas moras y de la intención de neutralizar las ventajas con que contaban los piqueros y arcabuceros. A consecuencia de ello, aligeraron la pesada caballería medieval, empleando como defensa un casco abierto, gola, coraza, quijotes, brazales y guanteletes y menos defensas de cuerpo y caballos más ligeros y rápidos, Existía, además, una armadura más económica compuesta por casco, gola, coraza y vambrazas, que solamente protegían el lado externo de los brazos y llevaban prolongaciones laminadas sobre el dorso de las manos, en lugar de los guanteletes. A veces no se utilizaban placas en los brazos, solamente la cota de malla; en otras ocasiones, únicamente casco abierto, cota de malla y guanteletes.

Además estos jinetes ligeros montaban “a la gineta”, sobre una silla alta con estribos cortos y las piernas dobladas hacia atrás, como arrodillados sobre la grupa del caballo. Esta modificación no era la expresión de una moda, era la consecuencia de no tener que resistir el choque provocado por la carga lanza en ristre.

También por influencia morisca habían adoptado un robusto bocado de rienda simple, que hacía girar la cabeza del caballo, empujándole el cuello y no tirando de las comisuras de la boca. Ese bocado tenía un freno alto y con frecuencia largas “camas” de forma que al levantar la mano el freno empujaba en el paladar y el caballo obedecía más fácilmente y sufría menos que con el sistema inglés.

Un arnés completo pesaba entre veintisiete y treinta y dos kilos, pero no era molesto porque el peso estaba distribuido uniformemente sobre todo el cuerpo. Una cota de malla pesaba entre siete y catorce kilos, dependiendo del tamaño de los anillos, pero gran parte de su peso descansaba sobre los hombros. El clima del área tropical americana era impiadoso con las armaduras, las lluvias las oxidaban, cosa que parcialmente se lograba evitar pintándolas de negro y el sol achicharraba al soldado dentro de ella. Es por ello que rápidamente los españoles pasaron a utilizar las defensas de cuerpo empleadas por los indígenas, estas consistían en un jubón de fibras de algodón o magüey, con un relleno de algodón de tres dedos de espesor y costuras para mantener el relleno uniformemente distribuido. Estos jubones eran embebidos en salmuera para endurecerlos y resultaban capaces de detener una flecha o el filo de una espada. La leyenda popular cuanta la hazaña de un capitán español que sobrevivió a una batalla, pese a tener doscientas flechas clavadas en su armadura acolchada, más allá de la precisión de este hecho puntual, es cierto que era normal que este tipo de defensa resistiese ser alcanzada por diez flechas, sin daño para su usuario.

El complemento defensivo de esta armadura, estaba constituido por casco, gola y sandalias indígenas de cáñamo. Díaz refiere: “Jamás nos quitábamos las armaduras, golas o perneras, ni de día ni de noche”. Es de suponer que llamase “perneras” a las calzas, pues los autores consideran dudoso que se llevara alguna clase de protección en las piernas. El pequeño escudo que completaba la protección del caballero era generalmente una rodela de hierro o madera recubierta de cuero y a veces la adarga en forma de corazón. Las armas ofensivas eran la “lanza jineta” de tres a cuatro metros de largo, fina y ligera, con moharra  romboidal de metal, la espada y la daga. 




Terence Wise, en “Los Conquistadores”, (Tropas de Elite, Vol. XXVI – Osprey Reed Consumer Books Ltd. -1991, Londres, R. Unido y Ediciones del Prado – 1995, Madrid, España) hace una poética evocación de los conquistadores españoles al definirlos como hombres de hierro:

“sus armas y arreos son todos de hierro, se visten de hierro y de hierro son los cascos que ciñen sus sienes. Las espadas son hierro; sus arcos son hierro; hierro son sus lanzas y escudos de hierro.”

Por otra parte puede afirmarse que el coselete, dado su carácter de arnés propio del infante y del piquero, tuvo una gran difusión, si bien sujeto a un sinnúmero de simplificaciones y agregados. También llamado “corselete” y “cosolete”, era una coraza, conformada por un peto y un espaldar, escarcelas, faldones que cubrían la parte superior de los muslos, sustituidos a veces por quijotes, que cubrían la totalidad de los muslos y guarniciones articuladas para brazos y manos.

Fuera de las armaduras, la vestimenta de los soldados españoles se enmarcaba en la moda europea de la época, esto es, vestían jubones de paño y cuero, con mangas abombadas acuchilladas y almohadillas en los hombros, calzones hasta la rodilla, muy holgados y cortos, abombados con rellenos, medias apretadas y botas moriscas, de cuero rojo y media caña, u otras botas más fuertes de cuero basto que llegaban hasta el muslo y que, salvo en combate, solían llevarse con la caña remangada por debajo de la rodilla. La ropa era multicolor, siendo muy apreciado el color rojo y a menudo se ponían plumas en los sombreros.

Los rellenos del jubón y los calzones prestaban cierta protección contra los tajos de espada, no eran suficientes para el resto de las armas y mucho menos para las flechas.

El infante español vestido con arnés de tres cuartos, almete y gola, portando en su mano una larga espada de dos filos y pequeña rodela, había quebrado la supremacía que por un siglo ostentaron los piqueros suizos sobre los campos de batalla europeos y había forjado la reputación del ejército español, marcando indeleblemente su sello en la historia militar.

En la época de la conquista americana, el piquero y el arcabucero aún no habían reemplazado por completo a este infante, solamente habían hecho aligerar su armadura para obtener mayor velocidad desplazamiento. En América, esta armadura se reducía frecuentemente al uso del casco y una brigantina remachada, o un jaco de plaquitas de hierro o cuerno cosidas entre dos placas de lienzo, o un simple pero robusto jubón de cuero. Los casos empleados eran celadas y borgoñotas, pese a lo cual el tipo más popular dentro de la infantería era el morrión, apreciado por los arcabuceros y ballesteros porque no les estorbaba al apuntar.

LA ESPADA

La espada española recta tenía aproximadamente un metro de longitud, doble filo con punta aguda y una guarda cruzada en forma de “S” con un brazo curvado hacia atrás para proteger la mano, mientras que la curvatura hacia la punta podía usarse para atrapar un arma parada en la guarda.  A  veces tenía una anilla de metal a cada lado de la hoja para ofrecer a la mano una protección adicional.

En este período surgió una nueva forma de espada, el estoque y con el arte de la esgrima alcanzó la popularidad en toda Europa. Los españoles habían asimilado muchas enseñanzas de los moros en la fabricación de hojas de espadas y ya Toledo era uno de los renombrados centros fabriles. Se seguían puntualmente normas muy estrictas y antes de aceptar una hoja, la misma era sometida a rigurosas pruebas, entre ellas doblarla hasta formar una S, formar un semicírculo con la empuñadura, golpear con plena fuerza un casco de acero, etc. Las hojas de Toledo eran largas, fuertes, flexibles, ligeras y afiladísimas, conformando un arma formidable en manos de hombres diestros y los españoles eran colectivamente los mejores espadachines de Europa.

Frente a tales armas los indios solo contaban con una espada pesada y engorrosa que sólo podía usarse en golpes de corte, desconocían la esgrima que permitía a los españoles propinar rápidas estocadas que podían perforar las corazas de algodón. No fue casual que, una vez asentados en América, los españoles prohibieran a todos los indios el poseer por cualquier circunstancia espadas de acero.

Otro factor de importancia fue la artillería, penosamente arrastrada por todo el continente por los porteadores indígenas utilizados por los españoles para ello. Existen pocas, pero contundentes referencias referidas al poder devastador de los cañones que eran cargados con metralla y empleados a corta distancia. No solo era considerable el efecto de la metralla, también lo era el psicológico del estampido y el fuego. “Entonces los españoles dispararon uno de sus cañones y eso causó gran confusión en la ciudad. La gente se esparció en todas direcciones, huían sin causa ni tino, corrían sin que les persiguieran. Era como si hubiesen tomado los hongos que trastornan la mente o hubieran visto una aparición espantosa. Todos estaban poseídos por el terror, como si les hubiera desmayado el espíritu. Y cuando cayó la noche, se extendió el pánico por la ciudad y sus miedos no les dejaron dormir.”


Armamento utilizado en el territorio argentino

(Parte I)


INTRODUCCIÓN


Fernando V e Isabel I de España lograron conformar extraordinarios ejércitos, de los que se sirvieron para luchar por la reconquista de la Península Ibérica desde 1481 hasta 1492, logrando la expulsión definitiva de los moros de ésta.

En la última década del siglo XV, estas tropas veteranas, fueron reorganizadas, dando paso a un ejército permanente, bajo control absoluto de la corona. Este ejército, marchó contra Francia en la Campaña de Italia, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, a quién le cupo ser el primer militar europeo, en comprender y utilizar la potencia de las armas de fuego portátiles, como así, tener bajo su mando al primer ejército europeo regular, en cuyas filas enrolaba hombres que llevaban una década peleando sin cesar y con él reconquistar Nápoles en 1505.

Fernández de Córdoba, apodado “El Gran Capitán”, entrenó a una parte de su infantería siguiendo las tácticas de los piqueros suizos y hacia el 1505 disponía de un disciplinado conjunto de piqueros y arcabuceros, que combinaban y complementaban las ventajas de ambas armas. Fue la primera aplicación de criterios modernos, al entrenamiento y organización de los ejércitos europeos y su influencia dominó los campos de batalla del continente durante setenta años.

Luis XII de Francia reinició las hostilidades en 1508 y la lucha continuó hasta 1514; al año siguiente, Francisco I de Francia nuevamente declaró la guerra, que esta vez duró solo un año, firmándose una paz que se prolongó hasta 1521. Por primera vez en veinte años, los soldados españoles estaban desocupados y esta situación los condujo a ofrecerse como voluntarios para ir a las tierras americanas recién descubiertas.

Estos soldados eran duros, valientes e implacables, habían enfrentado con éxito a los ejércitos del Islam y de Francia. Terence Wise, en “Los Conquistadores” (Tropas de Elite, Vol. XXVI – Osprey Reed Consumer Books Ltd. -1991, Londres, R. Unido y Ediciones del Prado – 1995, Madrid, España), brinda una interesante semblanza de ellos:

 “No sólo eran invencibles, sino que sabían que eran invencibles; y cada vez que se enfrentaban en las Américas a miles de indios, su primera reacción, sin que les importara la enorme diferencia numérica, era avanzar siempre, con la caballería cargando arrogantemente contra el grueso del enemigo”.

Cuando se toma en cuenta, el número de efectivos españoles que intervinieron en la conquista de los territorios americanos, se aprecia, en su justa medida, esa soberbia, esa seguridad en la propia capacidad, demostrada hasta el hartazgo en las luchas peninsulares.

Así, Hernán Cortés enfrentó, con cuatrocientos hombres, quince caballos, diez cañones pesados y cuatro ligeros, al Imperio Azteca, que disponía de un ejército de más de cuarenta mil hombres. Jorge Hohermut, a su vez, con quinientos nueve hombres, emprendió la conquista de Venezuela en 1535 y Pizarro invadió Perú con ciento seis infantes y sesenta y dos a caballo.

TÁCTICAS DE COMBATE

Es justo es señalar, que este ejército conquistador tenía poca similitud táctica con los invencibles ejércitos peninsulares. Las armas de fuego, eficazmente empleadas en la Campaña de Italia, poco se utilizaron en América.

El mosquete de la primera mitad del siglo XVI, era útil en las disciplinadas batallas europeas libradas en terreno abierto, pero no resultaban adecuados para el teatro de operaciones americano, habida cuenta de su clima y terreno. Su empleo eficaz, necesitaba de una horquilla de apoyo, pólvora de grano fino para el cebado de la cazoleta, de grano grueso para la carga impulsora y mecha encendida antes del disparo, mediante pedernal y yesca, elementos y circunstancias todas ellas, imposibles de cumplimentar ante ataques sorpresivos que eran moneda corriente en América. Puede citarse, a título de ejemplo, que los pueblos originarios de Perú y del Yucatán desplegaban acciones de guerrilla que neutralizaban totalmente el accionar de los arcabuceros y mosqueteros.

La ballesta, otra arma que en Europa había rendido grandes resultados, tampoco los dio en el continente americano. El potente dardo, era capaz de hacer estragos en indígenas que no vestían las armaduras metálicas o las defensas de cuerpo europeas, pero el proceso de carga, basado en el empleo de complejas poleas y cremalleras, hacía que los ballesteros quedasen alejados por largos períodos del eje del combate y los indígenas eran miles.

Los relatos de la época señalan reiteradamente, que los arcabuces y ballestas tras pocas semanas de campaña, quedaban inutilizados por el óxido o la podredumbre de las cuerdas y al cabo de algunos meses eran totalmente inservibles. Estas circunstancias tuvieron gran efecto sobre la integración de los ejércitos conquistadores, así en el ya citado sito de Tenochtitlán, que presentaba condiciones ideales para el uso de este tipo de armas, los ochocientos cincuenta infantes de Cortés incluían entre ciento veinte y ciento sesenta ballesteros y arcabuceros; mientras que, cuando Alvarado atacó Quito con quinientos hombres, cien de ellos eran ballesteros y ninguno arcabucero.

Otro gran inconveniente, para la utilización de las citadas armas, era el abastecimiento de proyectiles. En el sitio de Tenochtitlán, Cortés dispuso entregar a los indios “amigos” de Texcoco, modelos de astiles y puntas de saeta, para que se realizaran ocho mil copias de cada muestra. En ocho días le fueron entregados cincuenta mil astiles y otras tantas puntas de cobre para los mismos, estas últimas consideradas de calidad superior la muestra, quedó a cargo de los ballesteros españoles el pulirlas, aceitarlas y emplumarlas.

En el caso de las armas de fuego, la situación era mucho más grave, durante las mismas acciones, Cortés sólo dispuso de quinientos diez kilos de pólvora para proveer a todos sus arcabuceros, a los tres cañones pesados de hierro y a las quince piezas menores de bronce de que disponía.

A esta altura del análisis, cabe efectuar una pregunta cuya respuesta resulta compleja y dificultosa. Si los indígenas americanos no fueron derrotados por el arcabucero entrenado y sus “bastones que producían truenos”, ni tampoco por los ballesteros, dotados de un arma que poseía cierta similitud con las suyas, ¿cual fue el elemento que llevó al triunfo a las tropas conquistadoras?

¿Es posible que un número reducido de soldados veteranos, en muy pocas circunstancias apoyados por indios aliados, derrotaran en la lucha cuerpo a cuerpo a millares de indígenas? La respuesta puede estar dada por un relato azteca conocido como “Las espadas rotas”:

“Los ciervos (nombre dado a los caballos) venían delante, llevando los soldados a sus lomos. Los soldados tenían puestas unas armaduras de algodón. Llevaban escudos de cuero y tenían en la mano sus espadas de hierro, pero las espadas colgaban de los cuellos de los ciervos.
Esos animales llevaban puestos cascabeles, están adornados con muchas esquilas pequeñas. Al galopar los ciervos, las esquilas hacen un gran estruendo, resonando y tintineando.
Aquellos ciervos bramaban y resoplaban. Sudan en gran cantidad, de forma que les corren chorros por el cuerpo. Del morro les gotea espuma que cae al suelo. Se suelta en gruesas gota,  como el bálago de amole (planta usada por los aztecas para hacer jabón).
Hacen un fuerte ruido cuando corren; causan gran estrépito, como si estuvieran lloviendo piedras sobre el suelo. Dejan el terreno horadado y descalabrado allí donde ponen las pezuñas. Se abre en cualquier sitio donde las apoyen”.

Los indios americanos desconocían el caballo y tomaron su aparición en estas tierras como la de seres sobrenaturales.

Si bien en el continente europeo y a partir del de segunda mitad del siglo XIV, la preeminencia de la caballería acorazada había perdido brillo ante la infantería armada de picas y arcabuces, en América la situación se mantenía en las condiciones anteriores. En el combate, los jinetes gozaban de una ventaja considerable sobre la infantería indígena, golpeaban hacia abajo, con la fuerza adicional que esta posición supone, usando el propio caballo como ariete para romper las líneas enemigas, atropellando a sus integrantes. La altura del jinete también hacía que estuviese menos expuesto a las armas de esa infantería, permitiéndole maniobrar por más tiempo y con mayor velocidad que éste. Una y otra vez, pequeños grupos de caballería se lanzaban al combate o cruzaban el campo, tomando por sorpresa a las fuerzas indígenas, las que no tenían forma de evitar esos ataques sorpresivos.

Nuevamente un trozo del antes citado escrito azteca nos ilustra sobre lo comentado:

“Había unos quince de aquellas gentes, algunos con casacas azules, otros con rojas, otros con negras o verdes, y aun otros con casacas de color sucio, muy feo, como nuestros “ichtilmatli” (capa hecha con fibras del cactus magüey). Aun había otros sin casacas. En las cabezas llevaban pañuelos rojos o gorras de hermoso color escarlata, y algunos iban cubiertos con unos gorros grandes y redondos, como pequeños “comales” (grandes platos llanos de arcilla en los que los indios cocían tortas), que debían ser sombrillas. Tienen la piel muy clara, mucho más clara que la nuestra. Todos tienen largas barbas y el cabello sólo les cubre hasta las orejas.” 

Además de la supremacía que imponía el caballo, la vestimenta misma del jinete otorgaba un alto grado de superioridad. Se presentaba una situación muy diferente a la europea, allí la caballería dotada de arnés completo, tenía frente a si un formidable adversario, la infantería armada con picas y arcabuces, pese a lo cual mantendría su primacía hasta mediados del siglo XIV. En América la caballería pesada gozaría por mucho tiempo de la superioridad que otrora tuviera en el continente europeo, su rival no disponía de armas de fuego, desconocía la esgrima de la pica y vestía ligeras defensas de cuerpo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Las primeras fábricas de armamento

Al producirse la revolución del 25/05/1810, solo existían, en el territorio ocupado por el Virreinato del Río de la Plata, dos establecimientos dedicados a la guarda y cuidado del armamento: la "Armería Real" y el "Parque de Artillería de Buenos Aires".
El primero, que luego se denominó "Sala de Armas", se encontraba en el Fuerte y consistía en un simple depósito de armas de fuego portátiles y blancas, cumpliendo también funciones de taller de reparaciones.
El segundo, ubicado en las barrancas de Retiro, servía para la guarda de cañones, obuses y morteros que no se encontraban en servicio, como así sus municiones y también las correspondientes a las armas de fuego portátiles. Se complementaba con un taller de reparaciones para material de artillería, especialmente en lo que correspondía a montajes y para el armado de cartuchos y cargas de pólvora para todas las armas.

Resultando escaso el número de armas disponibles y sumamente dificultosa su adquisición en el exterior, los revolucionarios de mayo, se vieron en la imperiosa necesidad de producirlas por si mismos. Era imperativo la obtención de fusiles, no solamente para recuperar las pérdidas ocasionadas por las derrotas o por deterioro a consecuencia de su uso, sino para dotar a la infantería regular, que constituía la columna vertebral de los ejércitos en operaciones y a las milicias que resguardaban el territorio.

Se carecía de personal técnico, lo que naturalmente entorpecía una eficaz y rápida organización del trabajo y rendimiento de la producción inicial, pero el empuje revolucionario esperaba vencer todas las dificultades.
El 04/11/1810 la Junta de Gobierno dispone establecer en la ciudad de Tucumán una fábrica de fusiles. El objetivo era independizar a los ejércitos que operaban u operarían en el norte del territorio de los pertrechos provenientes de Buenos Aires. Hay que recordar que se había enviado una Expedición Auxiliadora a órdenes del Coronel Ortiz de Ocampo con destino al Alto Perú.

Comenzó, entonces, por nombrar el 28/05/1810 a Miguel de Azcuénaga, miembro de la Junta, como el encargado de “activar y velar con especialidad los trabajos de la Armería”, disponiendo se entregaran al mismo las armas que estuvieran en poder del vecindario.
Tomamos de la “Colección de Leyes y Decretos Militares concernientes al ejercito y armada de la República Argentina desde el 28 de mayo de 1810 hasta el 31 de diciembre de 1898” del Tte. Cnel. Ercilio Domínguez (Tomo 1, Pág. 2. Nro. 2 (Registro Nacional de la República Argentina) - Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco – 1899, Bs. As., Argentina).

DECRETO
Buenos Aires, 28 de Mayo de 1810
La Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, por el señor don Fernando VII.
Por cuanto es de la mayor importancia reconocer el estado de las armas de fuego y blancas para proveer las necesarias y ponerlas hábiles y expeditas al servicio; y con noticia que una muy considerable parte de fusiles, pistolas, sables y espadas pertenecientes al Rey, se hallan en poder de personas particulares á quienes no interesa tenerlas, respecto á que esta Junta Gubernativa vela el orden, quietud y seguridad pública y privada de todos los ciudadanos, con todo el cuidado que le merecen tan dignas atenciones: se ordena y manda que toda persona particular, de cualquier clase y condición, que tenga en su poder uno ó más fusiles, pistolas, sables ó espadas pertenecientes al Rey, ocurra á entregarlas, ó dar aviso á la Comandancia de Armas, dentro del preciso y perentorio término de cuatro días que se prefijan á los que estén dentro de los términos de esta ciudad y quintas: previniéndoles que, pasado ese término, se procederá á tomar y hacer efectivas las providencias más serias contra los que las oculten y retuvieren, sin que pueda servirles de disculpación pretexto alguno. Y aunque esta Junta debe esperar que todo buen ciudadano se preste con docilidad á tan justa y razonable disposición, sin embargo, por si hubiese algunos que no lo ejecutasen, se excita y empeña el celo y patriotismo de todos lo que se interesan en la justicia de la causa pública para que denuncien á a esta Junta, ó á cualquiera de los individuos que la componen, el sujeto ó sujetos que tengan alguna ó algunas de las armas referidas, en la inteligencia de que por cada uno de los fusiles se gratificará con cuatro pesos, dos por cada pistola y uno por cada sable ó espada. Y para que esta determinación llegue á noticias de todos y se cumpla puntual y exactamente, se publicará por bando en la forma ordinaria, fijándose ejemplares en los parajes de estilo
CORNELIO SAAVEDRA
Doctor Juan José Castelli - Manuel Belgrano - Manuel Azcuénaga –
Doctor Manuel Alberti - Domingo Matheu.
Doctor Juan José Paso Doctor Mariano Moreno
Secretario Secretario

Más tarde y en vista de las dificultades que existían para adquirir armas en el extranjero, unas económicas y otras políticas, como un posible bloqueo español, se encaró la fabricación en el país.
Se inició así la elaboración de fusiles, armas blancas y pólvora, que constituían los elementos que con mayor urgencia eran necesarios, instalándose para ello, tres fábricas, dos de armas portátiles en Tucumán y Buenos Aires y una de pólvora en Córdoba.
La fábrica de fusiles de Tucumán, dependía del Ejército del Alto Perú y fue establecida a principios de noviembre de 1810, con la idea de que abasteciera al mismo. La dirección de los trabajos estaba a cargo de Clemente Zabaleta, un vecino de Buenos Aires.
En sus comienzos, la actividad no resultó satisfactoria, recordemos que el 03/06/1812 el Gral. Manuel Belgrano, Comandante en Jefe del Ejército del Alto Perú, escribe al Gobierno central desde Jujuy:

“La fábrica de fusiles de Tucumán merece una atención particular y poner en ella un hombre que lo entienda; de unos cuantos fusiles nuevos que han enviado, se han rebentado tres como granadas; las cajas a los primeros tiros se rajan; para las llavero hay piedras que basten, y tienen tanto fierro que muy bien podrían hacerse dos de cada una. Me he confirmado en lo que allí observé: que el vizcaino no es más que un practicón de fabricante de armas, sin entender palabra de mecánica, y que el protector y otros satélites que hay empleados son absolutamente ignorantes en la materia: es, pues, preciso buscar un inteligente que se haga cargo de ella, experimentándolo antes a entera satisfacción; lo demás es gastar plata en balde y no aprovechar cosa alguna; con un sujeto de provecho que se hubiese ocupado, tendríamos hoy otras ventajas en ese ramo, de que carecemos con grave perjuicio.”

Pese a ello, puede considerarse relevante el aporte de la fábrica al Ejército del Alto Perú, en ocasión de las batallas de Tucumán y Salta.
Por su parte la fábrica de fusiles de Buenos Aires, ubicada en el solar en el que luego funcionaría el Parque de Artillería y hoy ocupa el Palacio de Tribunales, operó más o menos contemporáneamente, pero en condiciones más favorables, principalmente por la mejor capacitación de los trabajadores que pudo incorporar. Sus actividades fueron destacadas por la Gaceta Extraordinaria de Buenos Aires, del 09/09/1811:

“…se halla hoy en el mejor estado y de sus primeros ensayos se han presentado a la Junta una porción de ellos (fusiles), de carabinas y de pistolas, de la más excelente construcción, que quedan aplicadas al servicio”…

Más tarde se ocupó también de la fabricación de armas blancas.
Su primer Director, Domingo Matheu, nombrado el 29/09/1811, anteriormente se había desempeñado como Encargado de la misma.
La parte técnica de la producción, se encontraba a cargo de mecánicos, que fueron reclutados primeramente, entre los que habitaban Buenos Aires y que posiblemente anteriormente se desempeñaban en la Armería Real. Desde 1813 se comenzó a contratar personal extranjero especializado.
En noviembre de 1810, la Junta dispuso la creación de una nueva fábrica, en este caso, de pólvora, ubicada en el bajo de Pucará, cerca del Río Primero y en las inmediaciones de la ciudad de Córdoba, hoy pueblo de San Vicente, Provincia de Córdoba. Hasta fin de 1811 su conducción estuvo a cargo de José Arroyo, quién fuera recomendado por el Deán Gregorio Funes, por su conocimiento en la materia. A principios de 1812, fue reemplazado por Diego Paroissien, inglés de nacimiento, nacionalizado en noviembre de 1811 y perteneciente a las filas de la Expedición Auxiliadora al Alto Perú. El nuevo Director, que contó con la colaboración del capitán de artillería José Álvarez Condarco, reorganizó al personal y mejoró los métodos de elaboración. Años más tarde Condarco tuvo a su cargo una fábrica similar, establecida por el general San Martín en Mendoza, a fin de proveer al Ejército de los Andes.

Dados los primeros pasos en la fabricación de armas portátiles y pólvoras en el país, la Junta resolvió intentar la construcción de piezas de artillería que, siendo necesarias a los ejércitos patrios, eran casi imposibles de obtener en el exterior.

Las dificultades técnicas que se tuvieron que vencer para llevar a cabo su fabricación, contaron con el aporte de Angel Monasterio, español que adhirió entusiasta a la causa patriota, logrando que, en premio a sus esfuerzos, se le confiriera por Decreto fechado el 27/11/1811, el grado de Teniente Coronel y el título de Inspector de Escuelas Militares, con destino en el Estado Mayor General del Ejército.

Hacia mayo de 1812 el Triunvirato dispuso la habilitación de un local situado en las calles Liniers y Núñez, actualmente Defensa y Humberto I, encomendando al Teniente Coronel Monasterio el montaje y funcionamiento de una fábrica de cañones.
La misma comenzó a operar en julio de 1812, con la fundición de morteros y teniendo en cuenta los buenos resultados obtenidos, a principios de 1814 con la fundición de cañones.

En tanto, el General Manuel Belgrano, que había sido nombrado como Comandante en Jefe del Ejército del Alto Perú, dispone establecer otra fundición de cañones en Jujuy. Para ello, aprovechó los conocimientos que podía aportar el Coronel austríaco Eduardo Kaillitz, Barón de Holmberg, asimilado al Cuartel General y designado por Belgrano como “Jefe del Estado Mayor en todo lo concerniente a Artillería e Ingenieros”. El Barón de Holmberg fue para la fábrica de cañones en Jujuy, lo que el Teniente Coronel Monasterio, fue para la de Buenos Aires.
Si bien se llegó a fundir algunos morteros y obuses, la vida del establecimiento fue muy efímera, el 23/08/1812 por la presión de los realistas el General Belgrano se vió obligado a abandonar Jujuy, disponiendo el cierre de las instalaciones y su traslado hacia el sud, pese a lo cual nunca volvió a funcionar.
Además de las fábricas mencionadas, se crearon las primeras maestranzas, así para reparaciones menores en armas de infantería se incorporaron “maestros armeros” a las unidades. Igualmente se nombró personal encargado de las reparaciones del material de artillería en campaña, los que, conforme a su especialidad, se clasificaron en: maestros de montaje, torneros, maestros de herrería, oficiales carpinteros, etc., los que se encontraban a las órdenes de un Maestro Mayor.
A inicios de 1815 existían en las Provincias Unidas del Río de la Plata, los siguientes establecimientos afectados al servicio de arsenales:
En Buenos Aires
Fábrica de fusiles y armas blancas.
Fábrica de cañones.
Parque de Artillería.
Sala de Armas, ex Armería Real.
En Tucumán
Fábrica de fusiles.
En Córdoba
Fábrica de pólvoras.
En los ejércitos en operaciones
Maestranzas
Almacenes de Artillería.
Además de estos establecimientos, parece que funcionó por muy corto tiempo, una pequeña fábrica de pólvora en Santiago del Estero, que fue cerrada por la mala calidad de los elementos producidos, a tenor de las quejas del General Belgrano, en una carta fechada en el año 1812.
Si bien todos los organismos existentes dependían del gobierno central, solamente en los ubicados en Buenos Aires, se daba ésta en forma directa. La fábrica de Tucumán estaba bajo control inmediato del Ejército del Alto Perú; la fábrica de pólvora de Córdoba estaba bajo la dependencia directa del Gobernador Intendente de esa provincia, por su parte, las maestranzas y los almacenes de artillería, dependían de los comandos respectivos.
El 10/04/1815 se produjo un incendio en la fábrica de pólvora de Córdoba, quedando destruidas casi todas sus instalaciones. Probablemente, a consecuencia de ello y con el fin de aprovechar el salitre acopiado para la misma, se instaló en La Rioja una pequeña fábrica de pólvoras.
En el mismo mes y año, la caída del Director Supremo Carlos María Alvear, hizo que se produjeran cambios en la conducción de las fábricas sitas en Buenos Aires. Salvador Cornet, que había sucedido a Matheu en la de fusiles, fue procesado y encarcelado, nombrándose en su reemplazo al Sargento Mayor de Artillería, Esteban de Luca, que se había desempeñado en la fábrica de cañones, bajo la dirección del Teniente Coronel Monasterio, quién, a su vez, separado del ejército por su participación política, fue sustituido por José María Rojas, que era otro de sus discípulos.
En el año 1816, como premio al progreso logrado en la fábrica de fusiles de Buenos Aires, se dispuso conferir a Esteban de Luca el título de Director de la misma. En ese mismo año se inició la fabricación de armas blancas, espadas y sables para caballería, lográndose superar el escollo que técnico que representaba obtener el temple adecuado. Pese a ello, en 1817 la fábrica fue cerrada por falta de fondos y a que se había obtenido efectivizar la compra de armamentos en el exterior.
Por su parte, la fábrica de material de artillería encaró decididamente la fundición de cañones de varios calibres, con éxito. En mérito a ello, en 1819 se le confirió a José María Rojas el título de Director del establecimiento.
En lo concerniente a la fábrica de fusiles de Tucumán, manteniendo la denominación de tal, fue reduciéndose a un taller de reparaciones de armas portátiles, para desaparecer totalmente en 1819, cuando el Ejército del Norte se encaminó a Santa Fe para sofocar conflictos locales.

domingo, 21 de marzo de 2010

La Lanza Coligue de Caballerìa Modelo Argentino 1915

En 1914 se iniciaron estudios para sustituir las lanzas metálicas en uso reglamentario por la caballería a la fecha, por otras elaboradas a partir de un asta de caña coligue.
Por Decreto fechado el 12/01/1915 se declaró reglamentario el modelo presentado por la Dirección General de Arsenales de Guerra, distinguido por su simplicidad, resistencia y economía.
A principios de 1917 se fabricaron diez mil unidades que fueron empleadas durante el desfile realizado el 25 de Mayo de ese año.
Longitud total 2.850 mm.
Peso total 1.600 gr.

A continuación transcribimos un informe del agregado militar español en nuestro país que nos exime de mayor abundamiento, se encuentra publicado en "La Guerra y su preparación" - Tomo XI - Nº 9 - Septiembre de 1921 - Pág. 220, publicación del Estado Mayor Central del Ejército Español, impresa en los Talleres del Depósito de Guerra, Madrid - España.

MONTAJE DE LA MADERA Y REGATÓN E INSTRUCCIONES PARA LA BUENA CONSERVACIÓN DE LA LANZA DE GUERRA, DE COLIGÜE, REGLAMENTARIA EN EL EJÉRCITO ARGENTINO

“(Información de nuestro segundo Agregado militar en la Argentina, comandante D. Pedro Corral)”

“La lanza declarada reglamentaria en el ejército argentino por decreto de 15 de diciembre de 1916, tiene su asta constituida por una caña llamada Coligüe, que se produce espontáneamente, y en abundancia, en ciertas regiones de la cordillera de los Andes. La bondad de la lanza de guerra, de Coligüe, ha sido ampliamente experimentada por el ejército argentino en sus luchas de fronteras contra los indios, y fue adoptada por el decreto que se cita, no solo en vista de la bondad demostrada, sino también por ser su coste muy inferior al de la lanza metálica extranjera que se tenía en uso, y la que se ordenó ser recogida, guardándola como arma de reserva.
También el ejército chileno, después de larga experimentación, la tiene adoptada definitivamente desde hace ya varios años.
La moharra de esta lanza está soldada, a estaño, en un tubo de acero (a) sin soldadura (figura primera), de 105 milímetros de largo, cuyo extremo posterior (b) está dilatado a fin de permitir la entrada de un nudo (c) natural de la caña. El extremo anterior de la caña (d), preparado convenientemente de modo que llene del todo la parte hueca cilíndrica de la moharra, es decir, formando espiga en la punta, es introducido a golpes de martillo hasta que el nudo superior (c) haya penetrado diez milímetros aproximadamente en el tubo. A continuación se cierra el extremo del tubo (b), ajustándolo sólidamente sobre la parte posterior del nudo (c). Esta operación se hará en un torno (figura segunda) con mordaza para la moharra en el mandril, empleando una mordaza portaobjeto de abertura graduable, provisto de seis cilindros de acero templado, inclinados, que se apoya por medio del carro del torno contra la abertura del tubo (b) cerrándolo.
El ajuste del regatón (R), cuyo tubo € está dilatado en un extremo se efectúa a martillo por encima de un nudo natural (f) de la caña; haciendo un corte en cruz (g) en el extremo inferior de la caña, siempre que el diámetro de la misma impidiese su introducción. Debe evitarse en absoluto descascarar la caña, que deberá ser enchufada con la corteza intacta. Para poder en esta forma colocar el regatón, deben confeccionarse estos últimos de diferentes diámetros, por lo general de 32, 34 y 36 milímetros, interiormente, de diámetro.
El regatón (R) será lastrado con plomo en cantidad suficiente para que el centro de gravedad se encuentre entre 1.670 y 1.700 milímetros, medidos desde la punta de la moharra. La longitud de la lanza varía desde un mínimo de metros 2,80, al máximum a que obligue el aprovechamiento de un nudo natural.
El exterior de la caña (C) se limpia y se liman los nudos de las adherencias muy salientes, dándole después una capa de goma laca disuelta en alcohol, para preservarla de la influencia de la humedad. La capa de goma deberá renovarse antes que se haya gastado del todo. Las rajaduras que con el tiempo podrían producirse en la caña, se cerrarán con una pomada espesa compuesta de cinco partes de vaselina neutra y tres de parafina.
En caso se torcerse la caña se la vuelve a enderezar calentándola a fuego, pero de modo que las llamas no toquen directamente la caña y hasta que la mano pueda soportar el calor. En el caso de tratarse de fuertes torceduras, se le da una mano de aceite de linaza cocido y se calienta en la forma descripta, hasta que el aceite hierva. Una vez caliente la caña se la introduce en una grapa en forma U (invertida) atornillada sobre un banco de trabajo, y se apoya sobre un taco de madera forrado con cuero, actuando sobre la caña por medio de presiones hasta llegar a su enderezamiento.
La limpieza y conservación de las partes metálicas se hará de acuerdo con lo indicado para armas blancas.
Debe evitarse, en lo posible, recostar las lanzas con la moharra contra la pared, pues así se producen deformaciones de la caña. Se debe colocar la lanza en armeros, en los cuales, apoyada en el regatón, conserva una posición vertical.
Nota – Es importantísimo no descascarar o sacar la corteza de la caña, pues si no se toma esta precaución, la caña pierde su fortaleza.
La Lanza Metálica de Caballería Modelo Argentino 1895

El empleo de la lanza, dentro de nuestro territorio, se remonta a la “chuza” conocida y utilizada por las diferentes tribus indígenas que lo poblaban con anterioridad a la llegada de los europeos.
Los soldados españoles, de a caballo, también arribaron munidos de esta arma, en este caso de mejor calidad de confección lo que le otorgaba mayores condiciones durante el combate y mayor durabilidad.
Durante el período colonial, la lanza fue utilizada por los cuerpos de blandengues, formaciones milicianas destinadas a la custodia de fronteras interiores. Cuando se produce la Revolución de Mayo se produjo su reemplazo por el sable de caballería, en las tropas montadas.
Algunos años más tarde, nuevamente aparece de la mano del Gral. José de San Martín, quién habría adquirido experiencia respecto de ella durante su formación militar en Europa.
Varios son los elementos que confirman el interés de San Martín por la lanza, por un lado la afirmación de Alfredo G. Villegas en el sentido de atribuirle el desarrollo de un modelo, menos costoso que el conocido hasta entonces. Por el otro, una carta del Brigadier Manuel Belgrano, fechada en Lagunillas el 25/09/1813, dirigida a San Martín, donde, además de confiarle sus dificultades para ejercer el cargo, en razón de no haber cursado la carrera militar, efectúa diversas consideraciones referidas a la caballería y entre ellas expresa:
“…convengo con V. en cuanto a la caballería, respecto de la espada y lanza, pero habiendo de propósito marchado cuando recién llegué a este ejército, más de 30 leguas hacia el enemigo con una escolta de 8 hombres con lanzas, y sin ninguna otra arma, para darles el ejemplo, aun así no he podido convencer, lo conozco, a nuestros paisanos de su utilidad; sólo gustan de la arma de fuego y la espada; sin embargo, saliendo de esta acción, he de promover, sea del modo que fuese, un cuerpo de lanceros y adoptaré el modelo que V. me remite.”
Por último, otro dato interesante, surge de la Orden del Día, fechada en el Campamento el 25/11/1816, donde se dispone el reemplazo de las banderolas utilizadas por los granaderos a caballo, amarillas y blancas por mitades, por otras blancas y azules a cuadros.
Pese al interés demostrado por San Martín en su empleo y al hecho que, en el Combate de San Lorenzo, la primera línea de cada compañía fue provista de lanza y pistolas de arzón, lo cierto es que siguió siendo muy resistida, tanto por la oficialidad, como por la tropa, no sólo en el ejército sanmartiniano, sino en todas las fuerzas patriotas.
El General José María Paz en sus “Memorias”, refiriéndose al Ejército Auxiliar del Perú, expresa puntualmente:
“…los soldados se creían vilipendiados y envilecidos con el arma más formidable, para quien sabe hacer uso de ella. He visto llorar amargamente soldados valientes de caballería, y oficiales sumergidos en una profunda tristeza, porque su compañía había sido transformada en lanceros. Ya se deja entender que, en la primera oportunidad, se tiraban las lanzas, para armar al caballero con una tercerola o un fusil largo, con el que, llegado el caso de un combate, hacía su disparo, sujetando su caballo para cargar cuando no tomaba la fuga. Yo, como uno de tantos, participaba de la crasa ignorancia de mis compañeros”…
El mismo autor, al rememorar las acciones de Vilcapugio y Ayohuma, señala que la disposición de la infantería española, en cerrado cuadro, erizado de bayonetas:
…”concurrió a que depusiéramos el horror a la lanza y la tomásemos con calor antes de pocos días…”
….”para el combate siguiente de Ayohuma, en efecto, habíase realizado una transformación completa en el armamento de la caballería a causa de que la experiencia había conseguido vencer el anterior prejuicio. Es así que el Regimiento de Dragones se presenta, en este combate, armado por mitad de carabinas y con lanzas, habiéndose distribuido, además un sable a los primeros, una pistola a los que usaban lanza. Y si bien los resultados de esta innovación no pudieron sentirse ya en ese combate –por la inactividad en que fue mantenida la caballería- sin embargo, la acción posterior de esta arma en la batalla ganaría mucho en eficacia con la adopción de la lanza, como pudo comprobarse en todos los encuentros en que intervino la caballería republicana en la campaña del Brasil”…
Durante el año 1816 la Fábrica de Fusiles realizó cuatro ejemplares, empleando astas de canela, las que fueron depositadas en la Sala de Armas en calidad de muestra, no llevándose a cabo ninguna producción posterior, por un lado por el cambio de rumbo de una expedición española, al mando de Morillo, que se suponía nos amenazaba y por la mayor urgencia de contar con otras armas.
Entre los años 1819 y 1820 se confeccionaron lanzas a partir del encabado de chuzas y bayonetas en astas de pino sin sangrar, la mala calidad de los ejemplares no se tomó en consideración ya que fueron destinados a los depósitos de los fortines fronterizos, en calidad de armamento complementario. Nuevamente se estaba menospreciando su valor en el combate montado.
Durante la guerra con Brasil, surgió el entusiasmo por su uso, construyéndose ejemplares en pino y en roble que, utilizados por jinetes que habían vencido su repugnancia y aprendieron su táctica, llegaron a considerarla superior al sable.
La situación evoluciona positivamente en función de una mayor calidad constructiva y del ejercicio de su uso, llegándose a pensar en que a futuro se dejaría de lado el empleo de la carabina en la caballería, en tal sentido se expresaba Luis Argerich, Comandante del Parque de Artillería en un informe fechado el 10/03/1832.
En lo específicamente referido a su construcción no se tenían en cuenta ni las dimensiones, ni la forma de la hoja, la atención se centraba en el asta, que se consideraba que debía ser correosa, elástica y firme, lo que inevitablemente condicionaba las maderas a emplear. El orden de preferencia estaba encabezado por el “nazareno” brasileño; la “lanza” “que debía ser de renuevos y preferiblemente de Tucumán”; el “óleo” del Brasil o de la India; el “guayabo” tucumano; el “roble blanco” europeo; el “ibapay” correntino; el “ibay” también correntino; el “viraró” paraguayo; el “amarillo” correntino o enterriano; el “peteriby” paraguayo; el “laurel negro” tucumano y el “fresno sin nudos” europeo.
La lanza y su utilización reglada formaron parte del “Reglamento para el ejercicio y maniobras de la Caballería, fechado en 1834 y también en el “Reglamento para el ejercicio y maniobras de la Caballería Española” redactado por el General José De la Concha en 1850, impreso por orden del Coronel Bartolomé Mitre, Ministro de Guerra del Estado de Buenos Aires, en 1857.
Guillermo Palombo, en el muy interesante trabajo citado más arriba, aporta el texto de una carta fechada el 08/08/1855, dirigida al Coronel Bartolomé Mitre por Antonio Espinosa, quién propone el retorno al armamento que, para la caballería, propiciara el General San Martín. Así en el texto señalado, se argumenta:
“Animado por el empeño loable que he visto en usted, desde que subió al Ministerio, de poner a cubierto nuestra frontera, y darle a los cuerpos que la cubren aquella organización posible a los escasos recursos de lo que podía disponer, todo lo que he hallado muy acertado, pero habiendo creído que algo se ha descuidado sobre su armamento, me tomaré la licencia de decirle que, según la experiencia de muchos años de práctica en los combates que he tenido con los bárbaros, cual es el más adecuado para vencerlos. El uso del sable ya casi debía estar abolido entre nosotros, reemplazándolo por la lanza, pues a aquél nadie le teme; mucho menos los indios, y a ésta todos respetan. Mi proyecto es que todos los regimientos de caballería de línea estén armados por compañías, mitad de lanza, una pistola que debe ir pendiente a un cordón a los tiros del sable, que también llevarán, y mitad de tercerola y sable. Cuando digo por compañías, lo hago con objeto de que cada capitán, según la fuerza de que se componga la suya, pueda escoger la mitad de ella para lanceros, que deberán formar en primera fila: consiguiéndose de este modo que los mejores soldados de todo el regimiento ocupen ésta, lo que no sucede armando de lanza a todo un escuadrón o una compañía entera, pues que no es fácil, ni sucede nunca, que todos los soldados que lo formen sean buenos. El ímpetu de una carga de caballería, armada de esta manera, y mandada por un jefe de arrojo, tengo la experiencia, que es irresistible. Para probarle que los indios le temen más a la lanza que al sable, le podría citar a Ud. una porción de hechos; pero, en general, le diré a usted solamente que en Chile hemos combatido a los indios de infinitas veces con buenos soldados, y aunque siempre los hemos vencido, ellos has aguardado nuestras cargas con serenidad, mientras huían despavoridos y sin disputar el terreno a las milicias de Chillán, concepción y Arauco, que sólo eran armados con una mala lanza de coligue, como la de los indios. Por otra parte, ningún hombre, hay más a propósito para lancero por su fortaleza y gran posición en el caballo como nuestros paisanos, una prueba de ello es los cuerpos de lanceros que tuvimos en la guerra del Brasil, tan temible para los enemigos quienes a la vez despreciaban a los orientales, que eran todos ellos armados de carabinas y sables. Creo que con esto le habré probado al señor Ministro la superioridad que hay de lanza sobre el sable. Si se me objeta que el Coronel Rauch tenía armado su cuerpo con carabina y sable y venció a los indios, observe que dicho Coronel recibía las cargas de éstos “pie a tierra” para evitar el ser envuelto, y luego que los rechazaban los cargaban por la espalda. Concluiré diciéndole que los indios siempre cargarán con firmeza a los soldados que sólo vean armados de sable, pues que nada le temen.”
Pero la opinión esbozada no era mayoritaria, ni mucho menos, pocos días más tarde, Juan A. Noguera, le escribe a Mitre, desde el fortín Esperanza, con fecha 13/08/1855;
…”se me remitieron noventa y ocho lanza, armas que considero las menos a propósito para el servicio de frontera, descubiertas, defensa y combatir a los indios…”

El Modelo Argentino 1895 constituyó el primer modelo de lanza adoptado en forma reglamentaria por parte del ejército nacional y consecuencia del contrato celebrado con fecha 22/01/1896, por la adquisición de cinco mil ejemplares a la fábrica Weyersberg Kirschbaum & Co, ubicada en Solingen, Alemania. Tres meses más tarde, más precisamente el 10/03/1896, se labró un acta a efectos de concertar la adición de un refuerzo a todas las lanzas.

Se trataba de una lanza hueca, de acero, que seguía los lineamientos del modelo empleado por los ulanos; tenía un largo total de 3.200 mm., correspondiendo 170 mm. a la moharra y 93 mm. al regatón, lo que le daba un peso de 3.000 gr.. A 30 mm. de la moharra se disponían sobre el asta, tres tetones de bronce perforados, separados 175 mm uno de otro, los que estaban destinados a asegurar la banderola. Se la sujetaba por medio de una empuñadura de ebonita, con un largo de 456 mm, y forma anillada, ubicada entre dos anillos de bronce, a 1.500 mm. de la moharra. La moharra presentaba forma de pirámide aplanada, con un cubo que comenzaba en forma romboidal y concluía cilíndrica para su encastre en el asta.
Por su parte, el regatón era un cubo cilíndrico en su inicio que remataba en punta redondeada.
En 1915 son reglamentariamente reemplazadas por las de caña coligue y gran parte de ellas vendida al exterior.
No se conoce cuantas hacen su aparición en el mercado norteamericano, pero sí que algunas fueron adquiridas por la firma "Interarms", a la fecha propiedad de Sam Cummings. Luego no se sabe más de ellas por alrededor de treinta años, hasta que otra firma de dicho país, “SARCO”, adquiere stocks de Interarms y las ofrece a través de su sitio de internet, como lanzas de ulanos. En las fotografías todavía podían verse las marcas del fabricante y la leyenda “Modelo Argentino 1895” y el punzonado propio de nuestras fuerzas.

Longitud total 2.900 mm.
Longitud de la moharra 140 mm.
Peso total 2.100 gr.
Distancia desde el centro de gravedad
a la extremidad del regatón 1.050 mm.

sábado, 20 de febrero de 2010

Coleccionismo de armas en Argentina

En nuestro país, el coleccionismo de armas y municiones comienza a consolidarse a partir de la última década del siglo XIX.
Durante nuestra guerra por la Independencia y posteriormente, dentro de las luchas entre caudillos, las armas constituían un bien escaso, utilizado y aún reciclado, hasta su destrucción total.

A partir de las adquisiciones que llevó a cabo Domingo F. Sarmiento como presidente, con el propósito de modernizar y uniformar reglamentariamente el uso de armas, dentro de una política de organización militar a escala nacional, por vez primera las armas veteranas de mil combates, quedaron de lado.
El gran maestro sanjuanino, de fecunda labor en pro de la educación nacional, no descuidó el extender esa acción educadora al medio militar y el organizar un ejército a escala nacional, dotado de moderno armamento. Cuando tanta campaña en contra de las armas y de las fuerzas armadas o deportistas que las empuñan se realiza, sería bueno considerar estos ejemplos que nuestra historia nos brinda.
Retomando nuestro relato, es a partir de allí, que las armas fuera de uso, muchas de ellas con un glorioso pasado, pasan a conformar las primeras colecciones privadas, principalmente en manos de militares de prestigio, grandes hacendados y profesionales de alto poder adquisitivo.
Es el estrecho contacto que existió con Europa a principios del siglo XX, por la solidez económica de nuestro país y la carencia de restricciones legales sobre la materia, lo que les permite la incorporación de piezas del exterior, de gran valor en muchos casos.
Dentro de éste contexto, en 1890 se produce la primer subasta pública registrada, que corresponde a la colección perteneciente a un señor apellidado Parravicini. Lamentablemente carecemos de datos precisos respecto de las piezas que la integraban, como así también si el citado poseía alguna relación de parentesco con el actor Florencio Parravicini, de quién se afirma haber hecho gala de sus conocimientos como tirador deportivo.
Dos años más tarde, en octubre de 1892, se publica una revista que lleva por título “El Coleccionista Argentino”, la que en su segunda entrega, correspondiente al mes de noviembre del mismo año, publica un artículo titulado “Colección de Armas”. El mismo fue reproducido en su totalidad en el primer número del Boletín de la Asociación Argentina de Coleccionistas de Armas y Municiones en el año 1967.
A este mismo período corresponde, la que sin lugar a dudas, fue la más importante colección de armas que ha habido en nuestro país. Es la que reuniera el Gral. José Ignacio Garmendia, durante sesenta años y que alcanzó a aproximadamente dos mil piezas, de las cuales mil ciento doce fueran rematadas por Guerrico & Williams el 16 de septiembre de 1931, como parte de los autos testamentarios de José Ignacio Garmendia y María Rufina Reynolds de Garmendia.
Una excelente descripción de la misma, fue brindada por quién considero maestro y amigo, Santiago Pedro Tavella Madariaga, en una serie de artículos publicados a principios de la década de 1970, en la revista Week-End, titulados genéricamente “Colecciones de Armas”.
Allí se citaba, que la colección Garmendia reunía, desde piezas pertenecientes a antepasados suyos, uno coronel regidor de Tucumán y otro alférez real y presidente del Cabildo en 1826, hasta la espada, confeccionada por Sebastián Hernández, que el Gral. D. Pedro Caro y Sureda, marqués de la Romana, obsequiara a José de San Martín luego de la batalla de Bailén, pasando por dos espadas pertenecientes a Juan Manuel de Rosas, una que se dice regalada por los plateros negros de San Telmo, con empuñadura y vaina de plata maciza con grabados artísticos, con el escudo nacional enchapado y calado en oro y la inscripción “Rozas” en el guardamanos y la otra, grabada en la hoja “Para el Gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas”, que éste utilizara en la Campaña al Desierto en 1839.
En apretado resumen, poseía armas que habían pertenecido a Manuel Belgrano, Justo J. de Urquiza, Bartolomé Mitre, Julio A. Roca, Luis M. Campos, Manuel Hornos, Lucio V. Mansilla, Francisco Ramírez, Donato Álvarez, Antonio González Balcarce, Blas Pico, Rafael Aguirre, Benjamín Victorica, Félix de Álzala, Ángel V. Peñalosa, Giuseppe Garibaldi, Francisco Solano López, Mariano Melgarejo, Fulgencio Yegros, Máximo Santos, Nicolás Avellaneda, Bernardo Monteagudo, Florencio Varela, Hilario Ascasubi, Miguel Soler, Manuel A. Pueyrredón, Facundo Quiroga y a los caciques Pincén y Saihueque.
No sólo se encontraban piezas relacionadas con nuestra historia, también era posible encontrar la espada que la Real Compañía de Filipinas regalara a Carlos III, una escopeta de caza de la princesa Carlota, esposa de Maximiliano y armaduras de la época de Felipe I y Enrique I de Inglaterra, entre otras.

Dos piezas singulares, dan cuenta de la importancia que tuvo esta colección: un falconete fechado en el año 1411, traído por los conquistadores españoles a Asunción, regalado por Francisco Solano López al Gral. Justo J. de Urquiza y considerado, a la fecha de su remate, una de las únicas seis piezas conocidas a escala mundial, en ese estado de conservación y la recámara de un falconete del siglo XV, que perteneció al navío Puerto Rico y que fue rescatada del Río de la Plata durante las obras de construcción del Puerto Madero.
A partir de 1930, varios hechos de capital importancia, contribuyeron a modificar las primitivas características de esta actividad. Los más destacables resultan: la declinación económica local fruto del nuevo orden económico mundial, el fallecimiento de los primeros grandes coleccionistas y la aparición de las primeras regulaciones policiales relativas a la tenencia de armas.
Se suceden entonces, importantes subastas, a las cuales acceden nuevos estratos sociales, mayoritariamente conformados por profesionales, comerciantes o industriales.
Merecen señalarse, por su incidencia en el desenvolvimiento posterior del coleccionismo local, las siguientes subastas:
Ø Estanislao J. Cevallos – rematada en 1929, por J. C. Naón y Cía. S.R.L..
Ø Antonio F. Cafferata – rematada en 1932, por Guerrico & Williams.
Ø María Güiraldes de Guerrico – rematada en 1935, por Guerrico & Williams.
Ø Dr. Buijevich - rematada en 1946, por O. Ramos Oromí y Cia..
Otra gran colección, que también cumplió ya su ciclo, fue la que iniciara Jorge Llobet Cullen en Sevilla, en 1906, con la compra de una pistola sistema miquelete y que continuara a su muerte, Andrés F. Llobet Guerrero.
Sumamente importante, fue considerada la más importante de Iberoamérica y se componía de fusiles, espingardas, escopetas, pistolas, ballestas, hachas, mazas, sables, espadas, cuchillos, celadas, borgoñotas y yelmos que abarcaban del siglo XV al XIX.
Nuevamente, el excelente trabajo de Tavella Madariaga, nos sirve de guía para afirmar, que tan importante era el conjunto, como la procedencia de las piezas: sesenta habían conformado la colección Garmendia, entre ellas el falconete y la recámara descriptas líneas más arriba, la primera de las cuales había sido adquirida por seis mil cincuenta pesos de la época. Otras provenían del zar Alejandro II de Rusia, del príncipe Federico Carlos de Prusia, del barón Franchetti de Florencia, del príncipe Radziwil de Berlín, del duque de Sajonia Meiningen, del duque de Osuna, del marques de Beauchamp, del duque de Rovigo, de la baronesa Vincken D`Rognan, de Curtiss de Londres, de Grodewsky de Viena, de Whamwell de Londres y de los coleccionistas locales: Estanislao S. Cevallos, Dr. Buijevich y Guerrico.
Su magnificencia puede ser apreciada por dos finos arcabuces de caza, con sistema de encendido a rueda, que se encuentran dentro del patrimonio del Museo de Armas de la Nación y que están expuestos en la sala III del mismo.
Esta colección fue rematada, a consecuencia de una disputa judicial, en 1975, por la casa Guerrico y dadas las condiciones económicas de nuestro país en la época y la importancia de las piezas, la mayor parte de las mismas, salieron de nuestras fronteras para no regresar jamás.

LAS PRIMERAS ARMERIAS DE BUENOS AIRES

El año 1857, es particularmente importante en lo que hace a la comercialización de armas en la ciudad de Buenos Aires, casi al mismo tiempo, ven la luz dos de sus más grandes e históricas armarías: Bertonnet & Gobert y Carlos Rasetti.
Bertonnet & Gobert, fue el resultado de la unión comercial de dos armeros franceses, que establecen su negocio en la calle San Martín 50, frente a la Catedral Metropolitana.
Las armas comercializadas por esta armería que, eran importadas desde diversos países europeos, presentan grabadas las siguientes leyendas: “BERTONNET EN BUENOS AIRES” o “BERTONNET-CALLE SAN MARTÍN 50-BUENOS AYRES”.
En 1878 Juan López adquiere la armería, incorporando el rubro cuchillería y mudándola a la calle Perú 40, entre Rivadavia y Victoria, antiguo nombre de la actual Hipólito Irigoyen, lindando con la tienda “A la Ciudad de Londres” y la joyería “Gabarini”.
Las armas vendidas durante éste período traían los siguientes grabados: “JUAN LÓPEZ BUENOS AYRES” o “JUAN CANEDO-611 RIVADAVIA 611-BUENOS AYRES”
En 1888, la transfiere a su empleado principal Juan Canedo, quien se hace cargo con gran éxito comercial, Es para entonces que comienza a ser conocida tanto como “La Porteña de Juan Canedo” o como “Casa Canedo”.
Finalmente las obras de ensanche y apertura de la Avenida de Mayo, que se inician el 5 de marzo de 1889, obligan a una nueva mudanza, esta vez a calle Rivadavia 611.
En 1912 es comprada por Alfredo Gottling, quién le da el nombre de “La Porteña”, aunque por un tiempo se la identifica también como “Antigua Armería Canedo”.y a consecuencia del origen de los productos ofrecidos también por “Armería Británica”.
Las armas de éste período se identifican por la leyenda: “ARMERIA LA PORTEÑA-BUENOS AIRES”
En 1946 fallece Alfredo Gottling y su yerno, Cornelio Prats, se hace cargo del negocio.
En 1970, a raíz de rajaduras en una de las paredes del viejo restaurante Pedemonte, lindante con “La Porteña”, la Municipalidad decide primero apuntalar el edificio y posteriormente la demolición de ambos negocios. De este modo la armería debe trasladarse a la calle Perú esquina Chile, donde en 1971 cierra definitivamente sus puertas, luego de 114 años de existencia.
Por su parte Carlos Rasetti, que como ya dijéramos, también inicia su actividad en 1857, ocupó un local sito en la calle Rivadavia 526, obteniendo un marcado éxito comercial, principalmente basado en la importación de material proveniente de las líneas europeas de la época. Tal fue la relevancia de esta actividad, que el logotipo de la firma señaló, expresamente, durante muchos años “Casa introductora de armas”. Las piezas de éste período eran grabadas en origen: “CASA CARLOS RASETTI –RIVADAVIA 525-BUENOS AIRES”.
Pero la importación de armas no solo se circunscribió a piezas nuevas, también se le debe la incorporación a la plaza local de material proveniente del “surplus” militar de diferentes países, entre los que es posible mencionar: fusiles y carabinas Chassepot, Gras, Vetterli, Máuser en sus modelos 1871 y 1888, Mannlicher, Winchester, Remington, etc..
Una cuestión no debidamente documentada, es la denominación “Armería de Paris”, utilizada en catálogos y publicidades por Carlos Rasetti, hasta la década de 1930, como así la existencia de piezas que presentan una de las siguientes leyendas: “E. PARIS - BUENOS AYRES” o “E. PARIS - BS. AYRES”. Se supone que la misma podría provenir de un comerciante anterior, cuyo nombre era E. Paris, respecto del cual, el autor no ha podido encontrar mayores datos filiatorios.
El catálogo correspondiente al año 1917 en su portada cita expresamente como domicilio comercial el de Sarmiento esquina Maipú, de cuya fachada trae un par de excelentes fotos en su interior y además consigna “Anexo de la casa: Rivadavia 526 – Casa en París: 3, Rue Lentonnet”.
Para sumar otro punto, digno de investigación más profunda, se puede mencionar, que en el catálogo de 1931 de Carlos Rasetti, se incluye una pequeña fotografía de una planta industrial, con el epígrafe “nuestra fábrica en Francia”.
Cabe señalar que el inmueble ubicado en la esquina de Sarmiento y Maipú, inaugurado el 14 de mayo de 1917, en oportunidad de festejar sus sesenta años de vida, a la fecha de escribir estas líneas, aún se mantiene en pie, conservando las mismas características que se aprecian en las fotografías, si bien está dedicado a otros fines comerciales.
En los citados catálogos, se ilustran escopetas “fabricadas especialmente para la casa” por A. Francotte y Cía. de Lieja, Bélgica, por W.W. Greener de Birmingham, Reino Unido y por la Manufactura Francesa de Armas de Saint Etienne, Francia. También se encuentran productos Winchester, Remington, Smith & Wesson, Colt, Mauser, Webley & Son, Iver Johnson, Fabrique Nationale (patente Browning) y Joseph Rodgers & Sons, entre otros.
Como dato curioso, puede agregarse que comercializó hojas y máquinas de afeitar “RASETTI” y cartuchos de escopeta “T-RASET”.
Cerró definitivamente sus puertas, tras soportar los diversos avatares políticos del país, en 1967, cuando ya su denominación legal era F. C. Rasetti & Cía. (Suces.).
Quizàs la última gran armería de Buenos Aires, fue la "Armería Alemana" o más popularmente "Pedro Wörns", que fue fundada en 1891. Este era un inmigrante alemán que había llegado al país en 1883, con dieciocho años de edad y que luego de reunir unos pesos instaló una agencia de cambios y pasajes en la calle 25 de Mayo 314. Obtuvo que sus padres le remitieran dos mil pesos con destino a solventar dicho negocio, pero un robo provocó la desaparición del dinero y del negocio.
Esta desgraciada circunstancia llevó a que dos amigos, uno Nicolás Yusten y otro Leopoldo Goth le prestasen su apoyo para reencauzar sus actividades comerciales. El segundo de los nombrados, propietario de una armería sita en la calle Piedras (hoy Bartolomé Mitre) 431, le cedió en consignación escopetas y revólveres. Entonces logró incorporar algunos productos de talabartería y para viajes, reiniciando su negocio con los rubros armería, talabartería y artículos para viaje.
En 1900, a consecuencias de reformas en el edificio ocupado, debió mudarse a Corrientes 311, incrementando la actividad comercial. Su esposa falleció en 1916, no sin antes dar a luz cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, los varones fallecieron tempranamente y su hija María le brindó su apoyo en el negocio familiar.
En 1944, Wörns fallece y la armería quedó en manos de Francisco Stohr, un sobrino, llegado de Alemania tiempo atrás, donde se había desempeñado como aprendiz en Inmarmeffert.
En 1957, fallece Stohr y el negocio pasa a manos de la hija mencionada líneas más arriba, María Wörns de Justen, que la conduce personalmente hasta 1966, cuando se incorpora Leonardo Salzmann, sobrino nieto.
En abril de 1968 María Wörns de Justen se asocia a Leonardo y Ricardo Salzmann y a partir de 1976, Juan Salzmann se incorpora al negocio.
Tiempo después, bajo la conducción de Leonardo y Ricardo Salzmann, la firma pasa a ser Pedro Wörns y Cia. S.R.L. y desde 1978 retoma la actividad como armería, dejando de lado otras menores a que se había dedicado durante el período inmediato anterior.
En tiempos en que se permitìa el libre ingreso de armamento militar extranjero para su venta, realizò importaciones desde los Estados Unidos y Alemania, siendo uno de sus màs importantes adquirentes la Policìa de la Provincia de Buenos Aires. En el campo deportivo y civil, trajo carbinas, escopetas, rifles y drillings de fabricaciòn belga, francesa y alemana, que sobre sus caños ostentaban el nombre de la armerìa, tambièn introdujo marcas como "Bayard" y "Meffert".
Finalmente a mediados de 2008 y por motivos económicos Leonardo Salzmann se ve obligado a cerrar la armería, abandonando el emblemático local de la calle Sarmiento 377. Algunas de las instalaciones de la misma, como parte de su puerta de ingreso, fueron transladadas a la Armería del Tiro Independencia, sita en Piedras 747.